La libertad del cristiano: Un camino más excelente

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Tú y yo estaremos en disyuntivas perpetuas. Nuestra vida estará definida en buena parte por pequeñas y grandes decisiones a tomar en un mundo en el que se nos oferta cada vez más posibilidades. Nuestras elecciones están mediadas en gran medida por valores de autosatisfacción, es decir, por nuestras preferencias, nuestros gustos, nuestros propios intereses.

 

En ese contexto cabe preguntarnos ¿Cómo honrar a Cristo con nuestras decisiones? ¿Cómo Cristo se exalta con el ejercicio de nuestra libertad?

 

En defensa del gozo de la libertad

 

Uno de los ataques al cristianismo ha provenido de lo que Pablo llama “filosofías y huecas sutilezas” (Colosenses 2:8-9) que a menudo se infiltran en las iglesias por contener rasgos parciales de verdad.

 

Desde principios de la iglesia primitiva, la pregunta sobre lo que puede o no puede hacer el cristiano en su calidad de hijo de Dios fue objeto de discusión y preocupación entre la comunidad de creyentes. Algunos confundieron que honrar a Cristo significaba prescindir de muchas cosas y vivir una vida austera, sin placer o comodidad alguna, creyendo que esto era una forma de reflejar santidad y sencillez. Sin embargo, el apóstol Pablo, con la precisión de un cirujano, detecta la delgada línea entre la verdad y el error y les recuerda que privarse y prescindir de ciertas cosas no constituye la columna vertebral de la fe del cristiano; Jesús no vino al mundo para darnos una lista de reglas a seguir, Él encarnó la ley a la perfección para liberarnos y transformar nuestros corazones de piedra en corazones de carne que anhelen a Cristo más que a nada en este mundo. (Ezequiel 11: 19-20).

 

Esto quiere decir que si asociamos nuestro cristianismo con una lista de cosas que nos están permitidas y otra lista de cosas que nos están prohibidas, estamos cambiando y desviando el verdadero significado del evangelio. El mensaje de Jesús que tú y yo creemos no es un recetario de cocina, no es un manual de buenas prácticas ni un reglamento: Son buenas noticias para los abatidos, noticias para proclamar libertad a los cautivos, dar vista a los ciegos y libertad a los oprimidos (Lucas 4:18) (Isaías 61:1). Su yugo no puede ser pesado.

 

El ascetismo: enemigo del regalo de la libertad

 

Una filosofía que se había introducido en los primeros años de la iglesia fue el ascetismo que consiste en una práctica de absoluta restricción al “yo”, es decir, negarse de todo placer material y físico para demostrar perfección espiritual.

 

En la carta a los Colosenses, el apóstol Pablo tiene que recordarle a la iglesia en Colosas la plenitud de la deidad de Cristo y por lo tanto, la plenitud de la vida que ellos tienen en Él. 

 

El razonamiento de Pablo es que si estamos completos en Cristo, entonces “¿por qué os someteís a preceptos tales como: no manejes, ni gustes, ni aun toques?” (Col. 2: 20-21). Cristo suplió perfectamente todo lo que el Padre requería para nuestra reconciliación, de tal forma que nos fue dada la gracia de Jesús para darnos libertad y vida en abundancia, sin necesidad de añadir “algo más”; no hay cláusulas o letras chiquitas en el contrato que disminuyan la potencia de lo otorgado en Cristo. Así que recuérdate que es el evangelio el que nos libera de la esclavitud de las reglas humanas. Satúrate de esa verdad descrita en las Escrituras y pon en perspectiva el propósito de tu libertad: Glorificar al Dios de los cielos. 

 

En 1 Corintios 4:31 Pablo nos da el máximo de nuestra libertad: Podemos hacer cualquier cosa para la gloria de Dios. Kevin DeYoung lo menciona así: “Las únicas cadenas que Dios quiere que tengamos son las cadenas de las cadenas de justicia, no las cadenas de la subjetividad… Sólo las cadenas dignas de un servidor de Cristo Jesús. Muere a ti mismo. Vive para Cristo. Y luego haz lo que quieras, donde quieres, vive para la gloria de Dios.”.

  

La libertad para la gloria de Dios: El ejemplo de Cristo

 

Una vez establecido que Cristo cambia nuestro estado de esclavos a libres y que si Cristo es nuestro y en Él habita toda la plenitud de la deidad, entonces podemos concluir con toda seguridad que tenemos una libertad como ninguna otra persona puede tenerla.

 

Es todo, es plena, es amplia y tú, como creyente verdadero, harás uso de tu libertad para glorificar al Dios que adoras y por el cual vives. Ahora bien, ¿Cómo hacerlo? 

 

En Hebreos 1:3 se menciona a Jesús como el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de su sustancia, por lo que ver la vida de Jesús es ver una vida que glorifica en todo al Padre, de libertad plena y de honor a Dios en todo momento. 

 

Jesús no fue menos espiritual en el tiempo en el que se dedicaba a su oficio de carpintería que cuando predicaba rodeado de multitudes. Él glorificaba a Dios en medio de la celebración de una boda (Juan 2), gozándose con los que se gozan y también lo hacía en el sepelio de un amigo querido (Juan 11), llorando con los que lloran. No fue más espiritual en ninguno de esos casos ni en sus intermedios. Dios Padre estaba satisfecho con Su Hijo, en cada uno de esos momentos.

 

Ya sea que decidiera irse a Capernaúm, pasar por Samaria, o cruzar al otro lado del mar, Jesús fue guiado por un profundo deseo de satisfacer a Su Padre a tal punto de entregarlo todo, ir a la cruz y….Dar vida.

 

El gozo profundo de la libertad mediada por el amor

 

La cruz de Cristo no proporciona el cambio de significado que nuestra libertad tiene. 

 

Filipenses 2:6 nos dice que Cristo, aun siendo Dios, no consideró esto como cosa a qué aferrarse. Hablamos de un Dios que renuncia a sus privilegios divinos para que otros sean partícipes del cielo en el que Él habita, excelso, completo.

 

Mientras nuestra cultura y el mundo entero maneja la libertad como la búsqueda de derechos para satisfacernos individualmente y en donde el otro difícilmente tiene cabida, Jesús nos presenta y modela la libertad como un camino más excelente, un camino que está marcado ya no por derechos, sino por pérdidas, por renuncias, por amor a otros. 

 

Cristo es nuestro y teniéndolo todo en Él, nuestra libertad ya no es cosa a qué aferrarnos, porque en realidad, no somos esclavos de nada. Somos ciudadanos de otro mundo, seguimos a un Rey que nos conquistó por medio de clavos en sus manos y no de espadas, por amor, no por imposición, cediendo su libertad para redimir y alcanzar un fin mayor.

 

Nosotros, como discípulos de Cristo, seguimos sus pisadas.

 

Hay buenas noticias para ti y para mí: El Espíritu que guio a Cristo a la cruz y que hizo que se abrazara a ella ardientemente por amor a sus escogidos, es el mismo Espíritu que guía a los creyentes como Pablo que, teniendo autoridad, libertad y potestad de comer y beber, de tener una esposa, y de recibir salario de un digno trabajo ministerial, no se aferran al reclamo de sus derechos, sino lo soportan todo por no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo. (1 Corintios 9:12).

 

Como cristianos, ya no estamos sujetos a reglas humanas, como tampoco estamos sujetos a las cadenas del amor propio y del individualismo: Hemos sido libertados para amar a los otros con la trascendencia con la que Cristo nos amó. 

 

«Fuiste tú quien me enseñó a mirar con otros ojos

A descubrir el valor infinito de los otros

Fuiste tú quien me mostró que la vida se comparte

Que vivir para sí mismo es perder la mejor parte

Fuiste tú

 Al venir a vivir aquí en medio de nosotros

Al tocar con amor a los que estábamos rotos…

Al morir tú por mí, cual ladrón en un madero»

Santiago Benavides.

 

Autora: Paola G. Espinosa

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